//Sobre los escritores y los personajes suicidas

Sobre los escritores y los personajes suicidas

Escribe: Carmen Ollé*

La lucha del escritor suicida es contra la pérdida constante de lo que las palabras significan para él y contra su creciente inutilidad para simbolizar algo que lo ligue al mundo. Esta es una de las hipótesis que se encuentran en el ensayo titulado Islas perdidas. Ensayo sobre el escritor suicida y los suicidas de ficción (Alastor, 2025) de Jorge Valenzuela.  El libro empieza con una declaración en el exordio que nos dice que el autor ha atravesado por una situación límite que pudo conducirlo a una catástrofe en su vida ante el miedo de dejar de ser amado. Esta situación puede haber sido el disparador -no del arma-, sino de la escritura de un conmovedor trabajo sobre el suicidio. 

Islas perdidas está estructurado sobre la base de 150 fragmentos “como parte de un inmenso mural hecho añicos”, que le sirven para reflexionar y/o relatar las experiencias, vivencias y circunstancias que llevaron a importantes escritores a tomar la fatal decisión de morir por propia mano. Asimismo, en aquellos fragmentos son tratados personajes emblemáticos, hombres y mujeres suicidas de ficción, a través de citas puntuales de novelas y cuentos.  En el trayecto, nos enteramos de los distintos motivos, los diferentes procesos psicológicos, las modalidades y los medios utilizados por ellos para morir. Algunos son de carácter impulsivo, otros más racionales o preparados con esmero, rayanos incluso en una suerte de puesta en escena dramática. 

El ensayo de Valenzuela es imprescindible para entender este acto automático, en el que varias interrogantes nos salen al paso. Antes, sin embargo, tendríamos que dejar de lado el diagnóstico clínico-psiquiátrico que explica el suicidio debido una serie de causas fisiológicas y /o psíquicas -como la depresión, la ansiedad o el déficit de serotonina o dopamina, hormonas de la felicidad y el placer respectivamente-, y preguntarnos filosóficamente si este acto final es un acto de liberación o si es dable el derecho a decidir. No se trata tampoco en este libro del suicidio asistido por enfermedad. Sin embargo, el dolor producido por esta sí puede ser un factor importante para acabar con la vida, además de los problemas políticos, ideológicos, que también conducen a lo que se conoce como inmolación. 

La indagación de Valenzuela es significativa debido a una investigación prolija en la que se incluyen noticias, notas, biografías, artículos científicos, fotos, entre otras fuentes sobre los “últimos momentos antes de abandonar este mundo” y sobre los “pensamientos que se deslizan en notas desesperadas, despedidas o escenas relacionadas con la autotanasia”. 

En el primer fragmento nos presenta a José María Arguedas anunciando su propia muerte a través de la ficcionalización de sus sentimientos en El zorro de arriba y el zorro de abajo. Sostiene Valenzuela que, en este caso, la escritura creativa no conjura los demonios del escritor sino todo lo contrario, los fortalece. A este fragmento le sigue la descripción de una escena magníficamente plasmada: la inmolación de Emma Bovary, por envenenamiento con arsénico. Un suicidio que ha marcado a muchas lectoras feministas, ya que Emma, como personaje, opinan ellas, cuestiona las normas sociales; pero en vez de buscar la autonomía y la autodeterminación -atormentada por la culpa de haber sido adúltera- antes de morir envenenada, se arrepiente y se somete a la extremaunción.

Sucede igual con otro personaje también de ficción, Ana Karenina. En esta ocasión observamos que la diferencia de clases- la de ser Emma provinciana francesa de clase media baja la de Ana, aristócrata rusa- no cambia los resultados.  Ana Karenina también pide perdón a Dios por su traición y se arroja a las ruedas del tren. Quizá la diferencia radica en el modo y los medios utilizados y, por supuesto, en el estilo de la narrativa de Flaubert y la de Tolstoi. 

El pensamiento recurrente en el escritor suicida- según Valenzuela- es recordar obsesivamente lo que lo perturba. Vive “anclado en el pasado” sin el presente como realidad. El futuro produce ansiedad y temor. Si escribir lo mantiene con vida, perder el poder de la palabra y su resonancia lo hunde en un pozo sin fondo. Esta premisa se aplica al escritor, en parte, pero no al personaje novelesco, en el que cuentan otros factores, aunque en la narrativa encontramos también a escritores fracasados o impotentes.

Hay sentimientos que Valenzuela registra con meticulosidad. Sentimientos que encaminan, hacia la autodestrucción, a un novelista o poeta: la indiferencia e indolencia de los otros, en Salgari, o el honor en Mishima.  La modalidad es personal, en Salgari él mismo anuncia a sus hijos su muerte por medio de una carta; en Yukio Mishima, haciendo seppuku, un suicidio ritual que realizaban los samuráis. 

Pero el escritor también puede escoger el suicidio de un personaje de ficción para proyectar sus impulsos autotanáticos. Precisamente la relación entre ficción y realidad es un asunto que Jorge Valenzuela trata de explicarse en este ensayo.  La “horrible verdad del suicidio anunciado en una novela” y luego consumado, “¿convierte a la ficción en testimonio?”, se pregunta certeramente. Esto se puede notar en los diarios de Arguedas en la novela de los zorros, o en los poemas de Pizarnik y Silvia Plath. En ellos “se corrobora -según el autor- el carácter indiscernible de ficción y realidad”. Tanto en Artaud como en Plath hay un suicida potencial. En Silvia, los varios intentos a manera de ensayos se plasman en el poema “Doña Lázaro” y en su novela La campana de cristal, donde la depresión severa de su personaje Esther termina en un intento de suicidio por sobredosis de hidrato de cloral de efectos analgésicos debido a una enfermedad terminal.  

La muerte como liberación es la meta cuando se ha perdido la vitalidad, el deseo, el interés por el alimento y las mujeres, confiesa Akutagawa. Morir terminará con su neurosis; sin embargo, en el momento crucial su interés renacerá luminosamente por la naturaleza y su belleza. Esta luminosidad se da asimismo en un personaje de Mishima de la novela Caballos desbocados. Isao es un practicante de kendo, en él Mishima deposita su crítica y rechazo por el sistema capitalista. Isao también ama la naturaleza. Cuando se abre el vientre con un cuchillo, en ese preciso instante surge repentinamente un sol radiante. La luminosidad, al final, aparece tanto en la realidad como en la ficción y esta nos llena de comprensión ante la autodestrucción. Por ello, escribe Valenzuela: “Si la oscuridad de un suicidio puede ser iluminada, Caicedo lo intenta con todas sus fuerzas.”  El escritor colombiano Andrés Caicedo acabó con su vida a los 23 años tomando 60 pastillas de seconal. ¿El motivo? Decepción frente a una sociedad consumista amante del dinero y en la que se siente anacrónico. 

Se puede pensar que no todos los que atraviesan por esa experiencia límite deciden eliminarse, pero Jorge Valenzuela no quiere caer en lo obvio, es decir en señalar la enfermedad, la locura o la drogadicción como disparadores de la autotanasia, por algo este término proviene del ámbito de la ética, según asegura el mismo autor. Lo que él busca es desentrañar por qué la soledad se instala en la mente del suicida, sin motivo aparente, como una respuesta -diría contradictoria- al éxito y/o sobreexposición, y nos habla de la excesiva luz, pero no de la luminosidad que se abre a los ojos del moribundo, sino de otra luz, la mundana y banal del mundo de espectáculo y frenesí. 

Sobre el derecho a decidir, Valenzuela se remite a Séneca: “El hecho de haber sido condenado a muerte por Nerón no debe haber significado mucho si el acto final tuvo que depender de él, aunque debe haberle molestado ser acusado de participar en la conjura de Pisón cuando no era cierto. Valía mucho más tener la libertad de decidir con pausa y calma sobre la forma y el momento de ponerle fin a su vida. Y esa es la contribución de Séneca: incorpora al debate sobre el suicidio, el derecho de decidir, en todos sus extremos, sobre la propia muerte.” Séneca, además, usa una frase poética: él filósofo romano dice “salir de la vida”. Esta frase no se percibe como un simple eufemismo, sino como otro camino. Según el autor de Islas perdidas es un camino hecho con los materiales de la razón. 

Finalmente, lo que percibe el lector después de cavilar sobre el tema gracias a la escritura de un narrador como Valenzuela es un gran respeto hacia sus protagonistas y personajes suicidas. Algo valioso en Islas perdidas es que su autor no juzga ni ensalza ni condena. Es un cirujano piadoso. Lo delicado y pulcro de su prosa son prueba de ello. En ningún momento cae en el patetismo, ni en un interés morboso y malsano ante experiencias que son dolorosas y trágicas. 

*Escritora. Autora de Noches de adrenalina y Destino: vagabunda.

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